PIRAÑACONDA

En uno de los momentos más dramáticos de «Pirañaconda», tres de sus personajes principales discuten, acelerados, ante el inminente ataque del monstruo que da título al film: «Es como una extraña unión entre una piraña y una anaconda», dice uno. «Te refieres a una pirañaconda», contesta otra. «No puedo creer que hayas dicho eso», sentencia un tercero tras una pausa dramática.

Esa conversación supone una síntesis perfecta del sentir del espectador al ver esta obra maestra del cine de reptiles mutantes asesinos: una incredulidad constante. Incredulidad que comienza con los primeros planos aéreos, excesivamente oscilantes incluso para ser tomados desde un helicóptero, en los que vemos la inmensidad de la isla donde la masacre va a tener lugar. Allí aterriza un profesor de universidad interpretado por el siempre espléndido Michael Madsen que, involuntariamente, le da a su personaje ese toque mágico de Indiana Jones alcohólico e indigente que el director de la película nunca pretendió. Lo acompañan una mujer de función indefinida y un rudo cazador, además del piloto del helicóptero en el que llegaron. A los 4 minutos de metraje todos esos secundarios (y el helicóptero) son devorados por la Pirañaconda, que surge de un lago enfadada porque le habían tocado los huevos que escondía en su nido. Michael Madsen contempla la matanza con resignación, puede que afectado por la muerte de sus compañeros o porque sabe que aún quedan 84 minutos de película.

Michael Madsen resignado.

En esa isla, que a priori parecía desierta, se concentra más gente de la esperada: un equipo de rodaje en plena grabación de una película, un resort lleno de turistas, unas investigadoras  que buscan «la orquídea fantasma» (una flor con facultades curativas), un grupo armado de secuestradores hispanos liderados por una mujer rubia interpretada por Rachel Hunter y, por supuesto, la Pirañaconda.

Rachel Hunter en el Machu Picchu, en una imagen que nada tiene que ver con la película.

Tras un breve desarrollo de subtramas un tanto difusas, el grupo armado comienza a secuestrar a todo dios y la Pirañaconda a matar a todo dios. La cosa se pone cada vez más y más violenta y caótica, aunque no puedo asegurarlo porque me quedé medio dormido y solo recuerdo a Michael Madsen obsesionado con llevarse un huevo de Pirañaconda para sus estudios, soltando, con un rigor científico inapelable, frases como «se trata de una mutación fortuita de tamaño enorme» o «tiene un índice de crecimiento hiperacelerado. Es un monstruo genético».

Pero detrás de la aparente ligereza de «Pirañaconda» se oculta una feroz crítica a la falta de apoyo a las producciones de bajo coste por parte de Hollywood, a la invasión de turistas en las islas paradisíacas, a las ansias del hombre por jugar a ser Dios y apoderarse indiscriminadamente de los recursos naturales como si les perteneciese por derecho y a otras cosas que su director, Jim Wynorski, nunca pretendió criticar.

Puntuación: 4/5 bostezos

(Disponible en Filmin y Prime Video)

2 respuestas a «PIRAÑACONDA»

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